¿Cómo saber si somos realmente padres para nuestros hijos? ¿Basta con engendrarlos, proveerles de lo necesario para vivir y medianamente saber qué hacen en su día a día? En “El día que mi hermana quiso volar”, Alejandro Palomas nos lleva a dudarlo. Aun cuando desde su portada el libro se presenta con una apariencia infantilizada, aborda temas bastante fuertes como el bullying, la violación infantil y el suicidio. Si bien son tratados de manera incompleta o superficial, cumple con el cometido de ponerlos en el radar para que reflexionemos sobre ellos. Pero lo verdaderamente relevante es como, casi sin querer, el autor nos presenta el peligro de la normalidad, de la cotidianeidad. Aunque en una primera lectura pareciera que los personajes tienen conductas patológicas, especialmente la gemela protagonista, una mirada más profunda nos hace comprender que no son tan diferentes a las de una familia cualquiera. ¿Cómo saber que algo grave se está gestando si no hay realmente signos inequívocos de problemas importantes? Los padres de esta novela son tan parecidos a cualquiera de los que tenemos hijos y los hijos lo son tanto a cualquiera de nuestros hijos, que resulta muy difícil saber cuáles son clásicas acciones de un adolescente y cuáles prefiguran un drama de enormes proporciones.
Pero más allá de todo esto, nos lleva a reflexionar que ser padre o madre es implicarnos verdaderamente en la vida de nuestros hijos y de nuestro cónyuge, establecer una comunicación profunda que nos lleve a conocer qué los hace vivir y vibrar y qué los hace sufrir, con qué sueñan, qué cosas viven y cómo las viven y un largo etcétera, para dar verdadero soporte y comprensión. Es un llamado a vivir, pero de veras, poniendo cuerpo y alma en ello.
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